AGRARISMO    
 
 

Conjunto de intereses referentes a la explotación agraria. Tendencia política y social en que prevalecen los objetivos de los agricultores y que se manifiesta a través de escritos de intelectuales, por medio de leyes y proyectos de reforma gubernamentales o bien mediante las asociaciones de agricultores. El agrarismo pretende, principalmente, la reforma de las estructuras legales de la propiedad agraria y la defensa de los intereses de los agricultores. Propone también otras medidas, como la reglamentación de las relaciones entre propietarios y arrendatarios para evitar fenómenos de explotación, la repartición de las tierras, la provisión de ayudas y créditos al agricultor, la aplicación de los avances científicos y la educación agraria.
–Hist
. El agrarismo como tal surgió en España a finales del s. XVII, se consolidó con los fisiócratas del XVIII, alcanzó su apogeo en el XIX y tuvo una manifestación importante, el agrarismo gallego, en los primeros años del s. XX. Pueden encontrarse, sin embargo, antecedentes de movimientos agraristas en la antigüedad. En la Grecia arcaica y clásica el problema agrario fue una de las causas fundamentales de la colonización y de la fundación de colonias agrícolas en el s. VII a.C. por la mala distribución de las tierras. Solón legisló, en 594 a.C., en contra de las hipotecas sobre la tierra y a favor de la cancelación de deudas y de la abolición de la prisión o de la esclavitud para los insolventes, y Pisístrato adoptó medidas para el desarrollo de la pequeña propiedad. En los siglos III y II a.C., en Roma, se produjeron conflictos agrarios debidos a la concentración de la propiedad y al empobrecimiento del campo. Un intento de solución de estos problemas fueron las reformas emprendidas por los hermanos Graco en el último tercio del s. II a.C., que incluían la limitación de los latifundios y el reparto del ager publicus, de propiedad estatal, entre los pobres. En Hispania e Italia tuvieron gran importancia los repartos de tierras a soldados veteranos llevados a cabo durante las guerras civiles y después de ellas, especialmente por César y Augusto. Un mismo propietario podía poseer varias fincas, que eran trabajadas por esclavos y por colonos. La opinión popular pidió a Julio César la protección de los pequeños propietarios, pero no se conoce ninguna ley agraria dictada por él. Ya en los dos primeros siglos de la Era Cristiana el emperador figuraba, a título personal, como el mayor propietario de suelos productivos. La evolución socioeconómica romana produjo, en al Bajo Imperio, la desaparición gradual de los campesinos libres y la concentración de la propiedad en manos de capitalistas agrarios. La forma típica de propiedad territorial del s. IV son los fundos, que podían ser públicos, privados o eclesiásticos. Los latifundios, que habían adquirido importancia con la decadencia de las ciudades, hubieron de fraccionarse, debido a la falta de esclavos, en fincas más pequeñas que eran arrendadas. La dominación musulmana supuso una liberación, ya que los colonos, los curiales (aristocracias municipales) y la nobleza visigoda se emanciparon de las anteriores leyes de dependencia prefeudal. Con el nuevo sistema de aparcería propietario y colono eran libres y el campesino se limitaba a entregar al señor una parte convenida de la cosecha. A principios del s. XII, ‘Abú Zaccaría escribió su Libro de Agricultura. En él, además de realizar estudios de agrología, técnica agrícola y zootecnia, el autor muestra un particular pensamiento agrarista que considera la tierra y su cultivo como fuentes de vida y como don divino. La Reconquista originó tierras de realengo y de señorío. Las formas de adquisición y pertenencia de la tierra eran, según la relación señor-vasallo, la behetría, el prestimonio, la encomienda, el señorío, la honor, el feudo o los llamados “malos usos” catalanes. Existían propiedades comunales de los pueblos de las que no podía disponer el monarca. La adjudicación de las tierras dejó campos sin cultivar que fueron el origen de los baldíos y que tras la Reconquista fueron utilizados para el ganado. La mano de obra estaba compuesta por esclavos, siervos, arrendatarios y jornaleros. Se produjeron revueltas de aparceros y siervos de la gleba, que querían la propiedad de la tierra o una mejora de las condiciones de vida, como las de la Jâcquérie (s. XIV) en Francia y las de los payeses de remensa (campesinos catalanes que pagaban su redención o rescate al señor para poder abandonar el predio) en el s. XV. En el s. XIV, la burguesía urbana realizó inversiones en el campo, estimulada por los grandes repartos de tierras de la mitad sur peninsular. Este acaparamiento territorial produjo, en los ss. XVI y XVII, la aparición de latifundios. El s. XVI fue una época de prosperidad para el campo. Se produjo la emigración de agricultores a las grandes zonas agrícolas de Andalucía y Extremadura, se formaron asociaciones económicas de productores y comerciantes y se roturaron y labraron nuevas tierras. En 1513 aparece Obra de Agricultura, de Gabriel Alonso de Herrera, uno de los tratadistas que más ha influido en la agricultura española. En el libro es patente la influencia, como corresponde a la recuperación de lo clásico llevada a cabo en época renacentista, de los tratadistas grecolatinos y, principalmente, de Los doce libros de agricultura, de Columela. La decadencia sobrevino a partir de mediados de siglo debido a la concentración agraria, a la formación de grandes latifundios producida por la abundancia de capitales y también a los efectos de las incursiones de los rebaños señoriales en las tierras de cultivo. Mientras que la Corona era partidaria de conservar únicamente los pequeños mayorazgos, la nobleza defendía su mantenimiento sin variaciones. Los pequeños propietarios disminuyeron y se produjo el abandono del campo. Para evitar la despoblación se intentó impedir, inútilmente, el traslado a la Corte de los nobles y el absentismo de los grandes propietarios. El conde-duque de Olivares formó una Junta para el estudio de todos los problemas del campo y en 1678 se dispuso que los corregidores y justicias de los pueblos elaborasen un informe sobre la economía española semejante a los que mandó realizar Felipe II y a los que mandaría luego hacer Felipe V. A mediados del s. XVII se elaboraron proyectos de colonización interior, como el de Barbón Castañeda, que incluía a los numerosos extranjeros residentes en España y que se llevaron a la práctica años después. A finales de siglo surgió una inquietud espiritual en busca de soluciones justas para el reparto de la riqueza agrícola, se planteó la transformación del secano en regadío y se apeló a la ciencia para resolver lo que antes se explicaba por la superstición y por la experiencia. Estas ideas, combinadas con el mercantilismo y el colbertismo económico, influyeron decisivamente en los fisiócratas del s. XVIII y, como consecuencia, a principios de siglo, se dieron los primeros intentos de reforma agraria en España. Comienza a sentirse la necesidad de resolver los problemas provocados por la desigualdad de la propiedad, se prueban nuevos tipos de colonización, se hacen obras públicas para aumentar las zonas de regadío, se introducen nuevas especies y se estudia la agricultura, por primera vez, como una ciencia. Felipe V, fuertemente influido por las ideas de Colbert, se preocupó del fomento de la industria y el comercio y descuidó la agricultura y la política hidráulica. En el reinado de Fernando VI solamente el marqués de la Ensenada dio muestras de interés por uno de los problemas fundamentales del sector agrícola, la despoblación. Propuso varios proyectos de colonización con extranjeros basados en las ideas expresadas por Bernardo Ward en un opúsculo titulado Obra pía. Medio de remediar la miseria de la gente pobre de España, que tanto influirán en las colonizaciones de la época de Carlos III. Ensenada procuró favorecer los intereses de los agricultores con la creación, en 1751, de la Superintendencia General de Pósitos y emprendió, con José de Carvajal y Láncaster, un plan de aprovechamiento hidráulico. A partir de la mitad del siglo fueron apareciendo, por influencia de otras instituciones similares existentes en el extranjero e impulsadas por los Discursos de Campomanes (1774 y 1775-1777), las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, que aglutinaron a los ilustrados preocupados por las condiciones económicas de España. Las sociedades económicas, imbuidas de un espíritu optimista y filantrópico, organizaron coloquios, crearon cátedras de economía y escuelas técnicas, publicaron obras, redactaron memorias para mejorar el cultivo de la tierra y fueron encargadas por el Gobierno para elaborar proyectos e informes sobre una ley agraria. A partir de 1763 se aprecia una recuperación en la economía de base agraria, consecuencia del aumento del valor de los productos agrícolas y de la consiguiente subida de las rentas agrarias. Sin embargo, los escritores del s. XVIII, como fray Benito Jerónimo Feijoo en Honra y provecho de la Agricultura, dentro de su obra Teatro Crítico Universal (Madrid, 1785), coinciden en señalar el atraso de la agricultura española en este siglo y en criticar la acumulación de la propiedad en las “manos muertas” (inactivas). Para impulsarla se realizaron encuestas, de las cuales se dedujo la necesidad de un código agrario unificador. Para el establecimiento de este código fueron esenciales las aportaciones de Pablo Olavide y de Pedro Rodríguez de Campomanes. Olavide aseguraba que el origen de todos los males era la escasez de tierra, debido a su mal reparto, a la existencia de dehesas y tierras comunales y a la acumulación de las tierras cultivadas en extensos dominios de unos pocos propietarios. La reforma propuesta por Olavide era moderada y recogía normas para impedir la tiranía de los grandes propietarios, aumentar las superficies cultivadas, facilitar el acceso de los campesinos a la propiedad y mejorar la técnica agrícola. De esta manera se multiplicarían las pequeñas posesiones familiares. Olavide participó también en los intentos de colonización interior que se llevaron a cabo en el último cuarto de siglo. Esta colonización, esbozada ya por Ensenada, siguió criterios de individualismo agrario y fue patrocinada por los ministros de Carlos III. Destacó especialmente la colonización de Sierra Morena proyectada por el conde de Aranda, Campomanes y Olavide, que consistía en la adjudicación de lotes de labor, aperos y casas y en el establecimiento de unidades administrativas (feligresías) con un alcalde al frente. Los ingresos municipales provendrían de parte de la producción y de las tierras comunales. Los colonos serían, según sugerencia de Olavide, extranjeros y españoles en la proporción de uno a dos. Algunos pueblos de nueva creación fueron La Carolina, en homenaje a Carlos III, habitado por colonos alemanes, y La Luisiana. Esta primera colonización fracasó por la improvisación con que se hizo, por la falta de conocimientos agrarios de los colonos y por la profusión de enfermedades epidémicas. No obstante, se hicieron nuevos intentos colonizadores en Andalucía y Extremadura. En la mayor parte de los pueblos, algunos de nueva creación, los labradores más ricos se apropiaron de las dehesas y de los baldíos. En lugar de servir para aplacar el “hambre de tierras” del campesino español las colonizaciones y los repartimientos aumentaron el número y la extensión de los latifundios. Campomanes publicó, en 1765, el Tratado de la regalía de la amortización, con el que pretendía demostrar la intervención que siempre había tenido la autoridad civil para impedir las ilimitadas enajenaciones de los bienes raíces de las iglesias, comunidades y otras “manos muertas”. Publicó también, con Olavide, la Instrucción para las nuevas poblaciones de Sierramorena y fuero de sus pobladores (1767). Propuso una amortización reglada que no se llevó a cabo. Una tendencia más cercana al individualismo liberal del s. XIX fue la defendida por Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1811) en su Informe sobre la ley agraria (1795). El informe fue la redacción realizada por Jovellanos del Memorial ajustado sobre el establecimiento de una ley agraria, que era el resumen, encargado por Campomanes y elaborado por la Junta Agraria de la Sociedad Económica Matritense, del Expediente general de la Ley Agraria que comenzó a realizarse desde 1752. El Informe iba dirigido al Real y Supremo Consejo de Castilla y ha sido considerado históricamente el vademécum de la doctrina liberal e individualista en que se basaron las reformas agrarias del s. XIX. Jovellanos hace en su obra un estudio de la evolución de la propiedad territorial y de los obstáculos que impedían el desarrollo de la agricultura. Estas trabas eran de tipo legislativo, como la extensión de los terrenos baldíos y de las tierras concejiles, la prohibición de cercar las heredades, los abusivos privilegios ganaderos de la Mesta, la amortización eclesiástica y civil, las dificultades para el comercio interior y exterior y los excesivos impuestos. Otras trabas fueron de tipo moral o derivadas de la opinión, como el menosprecio de la agricultura y la ignorancia de los labradores, y trabas derivadas de la naturaleza o físicas, como la escasa pluviosidad, la falta de riegos, la insuficiencia de las vías de comunicación y la escasez de puertos. Los campos vacantes estuvieron reservados, desde el Fuero Juzgo hasta Fernando III el Santo, al pasto común del ganado. La primera ley para la apertura de las heredades fue promulgada en Córdoba por los Reyes Católicos en 1490 y la segunda en Granada en 1491 para dotar de pastos al abundante ganado existente en el país. Jovellanos fue particularmente crítico con los privilegios de la ganadería trashumante de la Mesta. La amortización o acumulación de tierras en personas y cuerpos había sido favorecida por la existencia de mayorazgos de origen feudal y por el establecimiento de vínculos, ya esbozados en las Partidas (1256-1263 o 1265) de Alfonso X el Sabio e implantados definitivamente después de la Ley de Toro (1505). Se ocupa también del problema de la falta de tierra de regadío, del problema de los transportes, de las tasas y contribuciones, de la instrucción de los cultivadores y de la enseñanza agrícola. Jovellanos propuso en su informe, influido por las ideas jansenistas, una ley de amortización para que la Iglesia misma enajenase sus propiedades territoriales, convirtiéndolas en fondos públicos o dándolas en enfiteusis (cesión indefinida o por largo tiempo a cambio de un canon). Por ello fue criticado como precursor de las leyes desamortizadoras de los bienes de la Iglesia que se produjeron posteriormente. Los pensadores de la época de Felipe III y Felipe IV vieron ya como necesarias las desamortizaciones. Buscaban con ello la expropiación de las tierras y su adjudicación por el poder público a los agricultores, cobrándoles una cantidad a modo de arriendo, con préstamos y ayudas a los más pobres. En 1798 y en 1806, Carlos IV decretó una primera enajenación de bienes eclesiásticos. Durante el s. XIX el Estado siguió tomando medidas revolucionarias de este tipo, que no hicieron sino aumentar el latifundio. En 1809, con la dominación francesa, José I decreta la extinción de las órdenes religiosas. En las Cortes de Cádiz la Comisión de Agricultura realizó un informe en el que proponía la reducción de bienes de propios que debían pasar a la propiedad particular, la venta o distribución de las tierras comunales, la extinción de los mayorazgos de renta baja y la limitación de la renta de los mayorazgos de particulares. En 1823, con el Trienio Liberal, se suprimieron todas las órdenes y comunidades religiosas, incluso las militares, las de canónigos y las de seglares. Fue Mendizábal, mediante las leyes de 1835, 1836 y 1837, quien llevó a cabo la desamortización más importante con la orden de venta de todos los bienes religiosos regulares y seculares. Se abolieron los señoríos y sus jurisdicciones, aunque respetando la propiedad del suelo en los casos en que el señor era a la vez propietario de los predios y señor. Entre 1844 y 1855 se suspendió la desamortización y se firmó un concordato (1851). En 1855 se dictó otra ley de desamortización civil y eclesiástica que se aplicó hasta 1859, año en el que se estableció un convenio con la Santa Sede en el que se reconocía a la Iglesia el libre derecho de adquirir, retener y usufructar los bienes sin reserva ni limitación. Con la desamortización se enriquecieron los especuladores y los comisionados de amortización, ya que el Estado puso en venta los bienes en lugar de haberse incautado de ellos, como sostenía Flórez Estrada, facilitando así a los labradores la explotación del suelo. Los bienes desamortizados produjeron nuevas riquezas y se explotaron nuevas tierras, pero muchos labradores se empobrecieron. En Andalucía aumentaron los jornaleros y en Cataluña se produjeron numerosos movimientos payeses (carlistas, milenaristas y anarquistas). El dinero generado con la venta se malgastó en lugar de servir para enjugar la deuda pública y para hacer obras públicas. Fermín Caballero Mirogay (1800-1876) señalaba, en 1863, el atraso y los defectos más comunes en materia de agricultura en España. En 1866 publicó Memoria sobre el fomento de la población rural, en la que estudia la distribución de la propiedad de la tierra en España y observa en ella gran cantidad de latifundios y una excesiva atomización y dispersión de parcelas mientras la mediana propiedad disminuía. Para favorecer la concentración parcelaria proponía la exención de derechos reales, las rebajas en los aranceles de los funcionarios que intervinieran en los tratos, exenciones de contribución e incluso ventajas en el servicio militar para los agricultores. Caballero no llegó a recurrir, más que en un solo caso, a la expropiación forzosa de fundos. A partir de 1875, con la Restauración, comenzó a preocupar de nuevo el mal estado de la agricultura y se intentó una mejora de la enseñanza agrícola. Desde el reinado de Carlos IV se había intentado crear escuelas de agricultura. Finalmente, el 27-IX-1856 se inauguró la Escuela de La Flamenca (Aranjuez), que se trasladó el 28-I-1869 a La Florida (Madrid) y recibió varios nombres: Escuela Superior de Ingenieros Agrónomos (1876), Escuela General de Agricultura (1878) e Instituto Agrícola de Alfonso XII (1881). Jesús Pando y Valle, Vicente Bas y Cortés y, sobre todo, Joaquín Costa, destacan entre los muchos autores que escribieron a finales del s. XIX sobre las causas del atraso de la agricultura española. Pando, en Un programa de reforma (Madrid, 1887), habla de la centralización administrativa y económica que coarta la iniciativa individual, del miedo al fisco y de la falta de ayudas y de medios de transporte. Considera también la contribución del caciquismo a esta situación, aunque la minimiza. Bas, en La agricultura a fines del s. XIX (1888), expone las causas del fracaso: “[...] la falta de brazos, el que no se haga la colonización y el exceso de tributación”. Joaquín Costa (1846-1911), hijo de labradores, fue uno de los agraristas españoles más combativos. Su obra más conocida es Colectivismo agrario en España (1898). Tras fracasar en su primer intento político como republicano federalista, inició su etapa regeneracionista influida por su relación con la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos, utilizando como instrumento la cámara agrícola del Alto Aragón. Presidió la Liga Nacional de Productores, constituida en Zaragoza en 1898, que se unió con las cámaras de comercio creadas por Basilio Paraíso en 1900 para constituir la Unión Nacional. Costa se mostró como un político reformista que orientaba su política agrícola hacia el problema de los riegos (política hidráulica), ya que, según él, “regar es gobernar” y “dar de beber a un pueblo sediento es, más que una obra de misericordia, una obra de justicia”. Las palabras de Costa pueden servir también para conocer sus ideas sobre la situación a finales del s. XIX: “La agricultura española es todavía agricultura del siglo XV, agricultura del barbecho, por falta de abonos, de la rotativa, por falta de riegos, del transporte a lomo, por falta de caminos vecinales, del arado romano, del gañán analfabeto, del dinero al doce por ciento, de la cosecha de seis simientes por una, del labrador hambriento, rutinario, siervo de la usura, y [...] del cacique”. Otro tema clave en el pensamiento de Costa es la cultura y la enseñanza del labrador, resumido en su frase: “Hay que europeizar a España”. Su influencia fue especialmente importante, por sus ideas anticaciquiles, en el movimiento agrario gallego de principios del s. XX. La agricultura presenta, a comienzos del s. XX, una nueva estructura de la propiedad agraria, con la mayor parte de las grandes fincas en manos de la aristocracia y de la burguesía consecuencia de las desamortizaciones del siglo anterior. Hereda también un intento de reconstrucción, patente en abundantes disposiciones, decretos y órdenes ministeriales, reglamentaciones y creación de cámaras agrícolas y comunidades de labradores. A los problemas del campo vino a sumarse el impacto de la revolución industrial y sus consecuencias positivas y negativas. Positivas por la aplicación de nuevas tecnologías que hacían menos duro el trabajo, y negativas por su desigual expansión, más fuerte en la periferia, y por la emigración de campesinos a la industria urbana. Un caso especial es el agrarismo gallego por el carácter foral de las propiedades inmuebles. Comenzó siendo una corriente de opinión en la que se daban posturas ideológicas diversas, como el reversionismo, el redencionismo y la de los partidos del statu quo. El agrarismo gallego propiamente dicho comienza a configurarse a comienzos del s. XX y su primera manifestación fue la asociación campesina, que aumentó a partir de la ley de 1906. Las sociedades de labradores, impulsadas en muchas ocasiones por repatriados de América, protagonizaron acciones de agitación campesina para defender los intereses de sus asociados. En 1907 el número de sociedades fue muy elevado y comenzaron a crearse federaciones agrarias que constituyeron pronto fuerzas políticas y sindicales de ámbito regional. En ese mismo año se creó Solidaridad Gallega, constituida por republicanos unionistas y federales, regionalistas, carlistas y neocatólicos, con el objetivo de ser la oposición al bipartidismo de la Restauración. Esta sociedad, liderada por Rodrigo Sanz López y el movimiento redencionista antiforista, fueron dos importantes variantes del agrarismo gallego. El agrarismo tomó un carácter contestatario y anticaciquil. En 1909, en Madrid, se crea Acción Gallega con el propósito de aglutinar las diversas variantes del agrarismo. Su órgano de opinión fue el quincenal Acción Gallega, dirigido por Basilio Álvarez. Otro intento de canalizar el movimiento agrarista hacia la política fue el protagonizado por las asambleas agrarias gallegas; la primera y más importante fue la celebrada en 1908 en Monforte de Lemos (Lugo). En posteriores asambleas Basilio Álvarez se erigió como líder del movimiento y bajo su mandato apareció el Manifiesto de Agosto (Ourense, 1912). El agrarismo, que fue utilizado por los partidos de izquierda para infiltrarse en el campo gallego, se unió en sus posturas a movimientos obreros y radicalizó sus posturas, que alcanzaron su mayor gravedad con la crisis mundial de 1914. En los primeros años de la década de 1920 el foro (fuero legislativo antiguo) se había convertido en una reliquia histórica y el agrarismo, que había concentrado sus fuerzas contra esta institución, se vio debilitado aunque siguió cuestionando otros problemas agrarios, como los arriendos, las aparcerías, los montes, la transformación de cultivos y las formas de explotación agraria. El agrarismo en Galicia ensayó también experiencias agropecuarias. En vísperas de la II República (1931-1939), la concentración de la propiedad coexistía con una economía fundamentalmente agraria y con una agricultura con pervivencias feudales, como los foros y subforos, la rabassa morta y el latifundismo. La población activa dedicada a las labores del campo, jornaleros y braceros, era mayoritaria y por ello la cuestión agraria fue el eje de la política española del momento. La II República emprendió una política de reformismo social para evitar injusticias y suprimir arcaísmos. El problema agrario era el más grave debido a las desigualdades de propiedad, el exceso demográfico, la baja productividad y capitalización y la falta de trabajo en la ciudad para absorber la mano de obra del campo. Unas cien grandes familias de la alta burguesía agraria, financiera y de negocios mantenían todavía el estatus y los valores del antiguo régimen, señorial y rural. A ello vino a sumarse la crisis mundial desencadenada a partir de 1929. El gobierno provisional promulgó, entre sus primeros decretos, uno de Largo Caballero relativo a legislación social agraria. Figuraban también decretos sobre términos municipales que obligaban a los patronos agrícolas a emplear preferentemente a los braceros vecinos del municipio, prohibían momentáneamente los desahucios de campesinos arrendatarios, constituían jurados mixtos del trabajo rural, defendían la jornada de ocho horas en todas las actividades y establecían salarios mínimos en el campo por las jornadas mixtas. El Decreto de Laboreo Forzoso obligaba a los propietarios a cultivar sus tierras “según los usos y costumbres de la región”. Estas medidas eran tímidamente reformistas, pero representaron, a falta de unas relaciones socioeconómicas más modernas, una revolución sin precedentes en la vida rural española. Su incumplimiento y la disconformidad de algunos sectores anarquistas con alguna de estas medidas provocaron conflictos en Andalucía, Extremadura y ciudades como Toledo y Salamanca. La política reformista de la II República dio más importancia a la cuestión social que a la puramente técnica y supuso el primer intento de racionalizar el desarrollo de la producción agrícola y de alcanzar una mayor justicia social. Durante el gobierno Azaña se votó la Ley de Bases de la Reforma Agraria (1932), que contó con un presupuesto escaso (algo más del 1% de presupuesto estatal) y que fue recibida con el rechazo de los propietarios y con la indignación de los campesinos. La Ley se aplicó muy lentamente, promulgándose durante ese tiempo algunos decretos, como el de intensificación de cultivos, mediante el cual las tierras no cultivadas podrían ser cedidas a campesinos sin tierras por dos años agrícolas y que fue aplicado en Extremadura. La Ley incluía una lista de las tierras susceptibles de expropiación y de las expropiaciones que no serían indemnizadas. Tras su aprobación se creó el Instituto de Reforma Agraria (IRA), que debía poner en marcha las expropiaciones. Los propietarios agrarios se opusieron a la Ley de Reforma y consiguieron anularla, apoyándose en personalidades de la Confederación Española de Derechas Autónoma (CEDA), triunfante en las elecciones de 1933, en los tradicionalistas, en los radicales y en el grupo conservador de Maura. En Cataluña la reforma presentaba una particularidad con la Ley de Contratos de Cultivo, que favorecía a una pequeña burguesía agrícola y que fue contestada por los grandes propietarios del Instituto Agrícola Catalán de San Isidro, ligados a la CEDA catalana. Los salarios del campo se fueron degradando y el paro aumentó, lo que provocó la huelga general de junio de 1934. En 1935, la oligarquía agraria consiguió la aprobación de una nueva Ley Agraria que favorecía sus intereses, pero la disolución de las Cortes y el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 favorecieron la recuperación de la Ley de 1932, que esta vez se aplicó de forma rapidísima. En 1939, terminada la Guerra Civil, la reforma agraria de la República quedó en suspenso. Con el nuevo régimen, que se apoyó en la oligarquía terrateniente, la estructura de la propiedad no sufrió alteraciones. La creación, en 1939, del Instituto Nacional de Colonización (INC) supuso la vuelta a una reforma agraria de carácter técnico centrada en el regadío y en las colonizaciones interiores que tan desastrosos resultados habían dado anteriormente. No existió, durante todo este periodo, una política agraria estructurada que procurara una mejora de las condiciones jurídico-sociales de la agricultura y de los agricultores, ni tampoco se cuestionó el derecho a la propiedad privada de la tierra, aunque las protestas surgidas en torno a los años cincuenta obligaron al Gobierno a tomar una serie de medidas que incluían la política de colonización, la legislación sobre fincas mejorables, que tenía un marcado carácter propagandístico, las actuaciones sobre concentración parcelaria y la política de precios. El INC se propuso como objetivo principal la ampliación de las tierras de regadío y asentar en ellas a familias de colonos con el fin último de crear una “nueva España campesina”. La concentración parcelaria se puso en marcha en 1952 con la creación del Servicio Nacional de Concentración Parcelaria (SNCP) y con la ley definitiva en 1955. En 1971 se creó, con la fusión del INC, el SNCP y Ordenación Rural, el Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario (IRYDA) como respuesta a la necesidad de programas de desarrollo rural. Se aprobó la Ley de Reforma y desarrollo Agrario de 1973. La política agraria franquista resultó costosa y benefició a la gran explotación.
La política agraria en la España democrática está marcada por la Constitución de 1978 y por la adhesión, en 1986, a la Comunidad Económica Europea (CEE). La Consti­tución define el Estado de las Autonomías y las competencias de éstas en materia de agricultura y ganadería y presta especial atención a las actividades agrarias. La política agraria inició un proceso de acercamiento a la agricultura comunitaria con la promulgación de diversas leyes: la de fincas manifiesta­mente mejorables, que se promulgó en noviembre de 1979; la de arrenda­mientos rústicos, que regula la aparcería, mejora la explotación y garantiza la rentabilidad del arrendatario, en 1980; la del estatuto de la explotación familiar agraria y de agricultores jóvenes, y la de agricultura de montaña en 1982. La adhesión a la CEE supuso el cambio hacia una política de rentas y favoreció la iniciativa privada frente a la intervención del Estado. La aproximación a la agricultura comunitaria tiende, pues, a la desaparición del comercio de Estado, a favorecer el protagonismo de la política de rentas (visto el fracaso de la política de precios franquista) a través de la mejora de la calidad de la vida rural, la modernización del sistema productivo y a impulsar la industrialización y la comercialización rurales. Desde la fundación de la CEE (Roma, 1957) se estableció una política común que, en lo referente a la agricultura, se plasmó en la creación de la Política Agraria Común (PAC), que tiene como objetivos la solidaridad financiera, llevada a cabo, desde 1962, por el Fondo Europeo de Orientación y Garantía Agrícolas (FEOGA), y la unidad de mercado y la libre circulación de productos. El periodo de transición previsto para adaptarse a la nueva normativa del Tratado de Adhesión era de diez años, pero algunos productos pudieron disfrutar de un plazo algo menor; en 1991, España se hallaba ya plenamente integrada en la normativa comunitaria, de tal manera que los mercados nacionales pasaron a estar regulados por las Organizaciones Comunes de Mercado de cada producto. Paralelamente, de acuerdo con la Constitución y los estatutos de autonomía, las competencias que no se hallaban residenciadas en Bruselas se transfirieron a las comunidades autó­nomas prácticamente en su totalidad. Desde el ingreso de España en la CEE se plantea la necesidad de cambiar el modelo de apoyo a la agricultura para responder a los cambios operados en la estructura de producción y comercialización de los productos. Por una parte, la agricultura europea ha evolucionado desde un modelo de agricultura de subsistencia hasta otra muy intensiva en capital y con una mano de obra cada vez más escasa y más especializada. Por otra, la agricultura española trabaja cada vez más para la exportación en un mundo globalizado, lo que implica producir con costes más reducidos y ofrecer mayor calidad, sin olvidar que se mueve en el marco competencial de la Unión Europea (UE). La PAC-II, desarrollada desde mediados de la década de 1980 y que consolidó el modelo de agricultura compensada (reducción del excedente comunitario, equilibrio de oferta y demanda, racionalización de la producción), se convirtió en fuente de ayudas y subvenciones para España desde la UE, principalmente en los sectores de cereales, oleaginosas y vacuno. Se distri­buyeron en el territorio na­cional cerca de 800.000 millones de pta –un tercio de la renta agraria nacional–; Andalucía, Aragón y Castilla fueron las comunidades más beneficiadas por estas ayudas. Con la Agenda 2000 se inaugura la PAC-III, que se basa en el concepto de multifuncionalidad de la agricultura, según la cual su misión abarca, además del aspecto económico, los aspectos sociales y culturales; con ello se pretende dar respuesta a un nuevo problema: la conta­minación de suelos y aguas derivada del uso excesivo de la química agraria. El medio ambiente rural, que constituye una de las riquezas más peculiares de la vieja Europa, debe ser preservado a toda costa; se introduce, así pues, una nueva política: la de desarrollo rural. Gracias a ella, España ha logrado superar ciertos agravios comparativos prove­nientes de negociaciones anteriores. Sin embargo, la PAC-III, vigente hasta 2007, no garantiza el mantenimiento de las ayudas al término de este periodo, lo que obligará a una redefinición de la política agraria interna. [J.L.L.]